En la danza, al menos en la mía, los pies son el inicio de todo. Desde ellos se llega al vuelo. Sin ellos no hay grandes saltos ni giros ni alaridos de gozo.Yo tengo pies pero me falta media cadera, tengo alas pero no tengo espacio para insertármelas en las rodillas, mi pobre cartílago se estampa en el recuerdo de la existencia. Es una herencia, una de tantas. Sin embargo mi mente aún transita por el camino del movimiento con todas esas imágenes de mi propio cuerpo en giro, en salto, en ondulaciones que prenden el espacio. Lo malo es que en el cuerpo aprieta el aterrizaje forzoso; ése se tatúa en los tendones adoloridos de mis ingles, alrededor de mi patela oprimida por mis propios ligamentos.
Estoy encadenada al suelo, a la opresión de los abdominales sobre mis lumbares para mantenerlas contra las baldosas, contra la madera, contra la alfombra. Soy apenas un enorme insecto a lo Gregorio Samsa. Desde aquí contemplo el espacio que se extiende hacia arriba y envidio a los humanos que danzan mientras caminan al trabajo, a la escuela, al supermercado. Luego me observo y me doy cuenta que soy una contradicción en sí misma: mi vientre es fuerte de tanto que presiona contra el piso, mis piernas saben subir y bajar con alarde de control, mis brazos, como patitas de cucaracha, intentan convertirse en alas de paloma blanca. Nada funciona, sigo agazapada juntando fuerzas para dar el zarpazo, pero parece que no pertenezco al mundo de las sílfides, creo que apenas soy un lagarto.
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