
Mushupe, chiquichiqui, bola de pelos, ushumushu, mashipi, amor gato, flacucha gordinflona, chupupe, gatojón, gatiquiqui, lis, licha, lichispichis, lischivis, lisbichita, ligua, ligüis, Lisboa.
¿Será mi afecto por las palabras el que formó esta cadena de nombres?, ¿o será mi amor por el bicho lo que me encadena a buscar cuanto apelativo pueda para llamarla con el mayor cariño?
Yo no conozco la respuesta, pero ella conoce a la perfección la lista de nombres y acude a todos con alegría, con miedo, con sorpresa; con su carita bigotuda, su cola alterada por la prisa y su actitud de respuesta decidida.
Yo amo a mushu cuando se hace bolita para dormir sobre mi regazo, cuando me caza los dedos que quedan atrapados debajo del codo cuando cruzo los brazos.
Amo la vocecilla aguda con que me celebra las llegadas. Amo verla en la ventana esperando mis pasos que adivina en cuanto me bajo del coche.
Amo a mi chupupe que llena de pelos mi ropa negra, amo su bultito pegado a mis pies a las cinco de la mañana, su comunicación implacable sin palabras.
Ligua se estira con placer después de sus siestas de cada día, se enrosca en los sillones, busca su lugar en una silla de la mesa para acompañarnos en la cena, reclama su libertad cuando me halla junto a la puerta de la cocina, me lame la nariz cuando quiere que me levante de la cama, maúlla fuerte con los ojos fijos en el rostro de Jesús cuando quiere compañía para su comida.
Lisbicha me quiere y yo la quiero, me mima y busca mis cariños, me hace feliz con su simpleza, me desespera con sus eternos rasquidos en el sillón, me acaricia con su presencia tranquila, me da y me da todos los días.
Lisboa juega, corre, me llena de la sabiduría de los animales, me envuelve en un amor extraño, responsable, constante y sin exigencias.
Lisboa se duerme en cualquier lugar de la casa y no se despierta con sobresaltos: sabe que no tiene nada que temer, que nadie le hará daño porque está en su casa y yo me hincho de placer por poder darle a este animalito bueno y dulce.
¿Será mi afecto por las palabras el que formó esta cadena de nombres?, ¿o será mi amor por el bicho lo que me encadena a buscar cuanto apelativo pueda para llamarla con el mayor cariño?
Yo no conozco la respuesta, pero ella conoce a la perfección la lista de nombres y acude a todos con alegría, con miedo, con sorpresa; con su carita bigotuda, su cola alterada por la prisa y su actitud de respuesta decidida.
Yo amo a mushu cuando se hace bolita para dormir sobre mi regazo, cuando me caza los dedos que quedan atrapados debajo del codo cuando cruzo los brazos.
Amo la vocecilla aguda con que me celebra las llegadas. Amo verla en la ventana esperando mis pasos que adivina en cuanto me bajo del coche.
Amo a mi chupupe que llena de pelos mi ropa negra, amo su bultito pegado a mis pies a las cinco de la mañana, su comunicación implacable sin palabras.
Ligua se estira con placer después de sus siestas de cada día, se enrosca en los sillones, busca su lugar en una silla de la mesa para acompañarnos en la cena, reclama su libertad cuando me halla junto a la puerta de la cocina, me lame la nariz cuando quiere que me levante de la cama, maúlla fuerte con los ojos fijos en el rostro de Jesús cuando quiere compañía para su comida.
Lisbicha me quiere y yo la quiero, me mima y busca mis cariños, me hace feliz con su simpleza, me desespera con sus eternos rasquidos en el sillón, me acaricia con su presencia tranquila, me da y me da todos los días.
Lisboa juega, corre, me llena de la sabiduría de los animales, me envuelve en un amor extraño, responsable, constante y sin exigencias.
Lisboa se duerme en cualquier lugar de la casa y no se despierta con sobresaltos: sabe que no tiene nada que temer, que nadie le hará daño porque está en su casa y yo me hincho de placer por poder darle a este animalito bueno y dulce.
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