No tengo nada que explicar, es sólo que tengo ganas de ser mi propia protagonista y de echar ojeadas tan largas o tan cortas, tan profundas o tan superficiales, reales o inventadas a mi propio transcurrir.Todos los que convergen en mi vida convergerán en este hoyo intergaláctico que será mi espacio de desenmarañe personal. Ya te hallarás, pero cuidado, no te creas todo lo que ves, la demanda latente va mucho más allá de lo explícito, pero si tienes algo que decir para internarte un poco en esta inmensa membrana que protege el interior, fluye, ayuda y no te calles…
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domingo, 13 de abril de 2008

Tío Víctor

Víctor dice “chichicuilote”. Habla de las pequeñas aves del lago de Texcoco que vendían en el mercado de Jamaica. Ahora están casi extintas. Dice que las señoras las compraban para hacerlas en salsa a la hora de la comida y comenta que son la versión mexicana de las codornices.
Víctor dice “calandria”, cuenta de los cochecitos tirados por un caballo en los que los muchachos llevaban a pasear a la novia.

Víctor cita una par de versos de una canción de Agustín Lara, agradece la comida sonriendo, se toma un té exótico que lleva hasta su boca con la mano temblorosa.
Víctor cuenta su historia de médico pobre, huérfano de padre. Habla de los trabajos para poder casarse. Abraza con sus palabras a su tía Maria que tanto lo ayudó para todo. Ensalza la administración y el orden que tuvo en su vida para terminar su casa y torear la realidad de tener una esposa y cuatro niñas.
Víctor me cuenta de sus luchas, de su cuñada María Luisa que se sentaba entre él y su novia Lucha para chaperonear sus visitas de joven enamorado. Me hace reír, me llama “m’hija”.
Víctor me trae una botella de vino para acompañar la comida y ante mis enchiladas verdes bromea: “yo creo que vamos poniendo un restaurante”.
Víctor llega a las tres “pujando” y me mira directo a los ojos. Calvo, pequeño es una caja de maravillosos recuerdos que inunda mi casa con su presencia antigua, rica, sabía.
A través de sus ojos miró un lugar que ha quedado atrapado en su memoria, en su vivencia y que sin sus palabras no podría ni imaginar; él, confiado y amoroso, se abre y me regala sus historias y el recuerdo de su pasión por la vida.

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