Víctor dice “calandria”, cuenta de los cochecitos tirados por un caballo en los que los muchachos llevaban a pasear a la novia.
Víctor cita una par de versos de una canción de Agustín Lara, agradece la comida sonriendo, se toma un té exótico que lleva hasta su boca con la mano temblorosa.
Víctor cuenta su historia de médico pobre, huérfano de padre. Habla de los trabajos para poder casarse. Abraza con sus palabras a su tía Maria que tanto lo ayudó para todo. Ensalza la administración y el orden que tuvo en su vida para terminar su casa y torear la realidad de tener una esposa y cuatro niñas.
Víctor me cuenta de sus luchas, de su cuñada María Luisa que se sentaba entre él y su novia Lucha para chaperonear sus visitas de joven enamorado. Me hace reír, me llama “m’hija”.
Víctor me trae una botella de vino para acompañar la comida y ante mis enchiladas verdes bromea: “yo creo que vamos poniendo un restaurante”.
Víctor llega a las tres “pujando” y me mira directo a los ojos. Calvo, pequeño es una caja de maravillosos recuerdos que inunda mi casa con su presencia antigua, rica, sabía.A través de sus ojos miró un lugar que ha quedado atrapado en su memoria, en su vivencia y que sin sus palabras no podría ni imaginar; él, confiado y amoroso, se abre y me regala sus historias y el recuerdo de su pasión por la vida.
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