Lo conocí enfundado en una gabardina que lo hacía ver como una aparición afortunada en medio de un grupo de gente que se esforzaba por mostrarse brillante y lleno de luz: él sí brillaba y tenía luz. Sin razón aparente quiso comunicarme de su manía de atiborrar de palabras a plumazos las hojas de cualquier libreta inocente que le cayera en las manos. Desde entonces supe poco de él y tanto. Desde entonces lo sentí dulce y amargo.Yo también tenía la costumbre de entintar papeles, de mojar la funda de la almohada con mis ojos despiertos, de intentar explicármelo todo y de navegar en un precipicio de silencios. Yo también andaba buscando a ciegas, con las manos estiradas para tocar algo en la oscuridad del mundo que le diera forma y nombre a las inmensas montañas rocosas que crecían en mi interior.
Sin querer nadie, y con una voluntad tan disparatada que a veces me asusta, nos hicimos amigos. Una duda en su tarea de cierta materia fue el pretexto perfecto. Lo demás vino con el tiempo: su dulzura que colmó algunos momentos, su gana de mirarme y de acostumbrarse al olor de mi miedo. Otras veces me inundó su amargura y con ella vino la soledad, el abandono, la ausencia.
Me gusta estar con él y hablarle. Me gusta escuchar su discurso lleno de acotaciones no citadas. Me gustan sus trastabilleos cuando entramos a uno de esos temas que nos incluyen demasiado, sus ataques de pudor, su burla sometida al escrutinio del razonamiento.
Mirarlo es mirarme al espejo: reconozco en él mis palabras, mi historia, mis temores y necedades. Veo en él algunos de mis defectos y de mis fortalezas, pero más que todo lo quiero, lo extraño y lo deseo en mi vida. Él a veces se escapa y se rinde ante sus no sé qués, luego se aleja, supongo que porque le teme a mi mal genio.
Si se va, se me acaba un pedazo de existencia, una manera de ser que sólo emerge con él. Creo que a él le pasará lo mismo, pero se me han acabado las palabras y las respuestas ante su ausencia y su silencio: no se puede vivir diciendo y haciendo lo mismo, hay que innovar y a mí no me queda más que dejar al que no quiere estar seguir ausente, detener lo que me lastima y sonreír (y llorar) ante mi mala fortuna: no tengo más remedio.
Si se queda creo que llegaré a entenderlo, aunque la simple idea suene petulante y que más bien debo decir que quiero entenderlo, quiero llegar a los mil años compartiendo su historia, quiero mirarlo ser ese magnífico ser humano que veo en él ayer, ahora, en dos, en seis y doscientos años.
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