No tengo nada que explicar, es sólo que tengo ganas de ser mi propia protagonista y de echar ojeadas tan largas o tan cortas, tan profundas o tan superficiales, reales o inventadas a mi propio transcurrir.Todos los que convergen en mi vida convergerán en este hoyo intergaláctico que será mi espacio de desenmarañe personal. Ya te hallarás, pero cuidado, no te creas todo lo que ves, la demanda latente va mucho más allá de lo explícito, pero si tienes algo que decir para internarte un poco en esta inmensa membrana que protege el interior, fluye, ayuda y no te calles…
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miércoles, 28 de mayo de 2008

Lazos tendidos

Lo conocí enfundado en una gabardina que lo hacía ver como una aparición afortunada en medio de un grupo de gente que se esforzaba por mostrarse brillante y lleno de luz: él sí brillaba y tenía luz. Sin razón aparente quiso comunicarme de su manía de atiborrar de palabras a plumazos las hojas de cualquier libreta inocente que le cayera en las manos. Desde entonces supe poco de él y tanto. Desde entonces lo sentí dulce y amargo.
Yo también tenía la costumbre de entintar papeles, de mojar la funda de la almohada con mis ojos despiertos, de intentar explicármelo todo y de navegar en un precipicio de silencios. Yo también andaba buscando a ciegas, con las manos estiradas para tocar algo en la oscuridad del mundo que le diera forma y nombre a las inmensas montañas rocosas que crecían en mi interior.
Sin querer nadie, y con una voluntad tan disparatada que a veces me asusta, nos hicimos amigos. Una duda en su tarea de cierta materia fue el pretexto perfecto. Lo demás vino con el tiempo: su dulzura que colmó algunos momentos, su gana de mirarme y de acostumbrarse al olor de mi miedo. Otras veces me inundó su amargura y con ella vino la soledad, el abandono, la ausencia.

Me gusta estar con él y hablarle. Me gusta escuchar su discurso lleno de acotaciones no citadas. Me gustan sus trastabilleos cuando entramos a uno de esos temas que nos incluyen demasiado, sus ataques de pudor, su burla sometida al escrutinio del razonamiento.
Mirarlo es mirarme al espejo: reconozco en él mis palabras, mi historia, mis temores y necedades. Veo en él algunos de mis defectos y de mis fortalezas, pero más que todo lo quiero, lo extraño y lo deseo en mi vida. Él a veces se escapa y se rinde ante sus no sé qués, luego se aleja, supongo que porque le teme a mi mal genio.

Si se va, se me acaba un pedazo de existencia, una manera de ser que sólo emerge con él. Creo que a él le pasará lo mismo, pero se me han acabado las palabras y las respuestas ante su ausencia y su silencio: no se puede vivir diciendo y haciendo lo mismo, hay que innovar y a mí no me queda más que dejar al que no quiere estar seguir ausente, detener lo que me lastima y sonreír (y llorar) ante mi mala fortuna: no tengo más remedio.

Si se queda creo que llegaré a entenderlo, aunque la simple idea suene petulante y que más bien debo decir que quiero entenderlo, quiero llegar a los mil años compartiendo su historia, quiero mirarlo ser ese magnífico ser humano que veo en él ayer, ahora, en dos, en seis y doscientos años.

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