No tengo nada que explicar, es sólo que tengo ganas de ser mi propia protagonista y de echar ojeadas tan largas o tan cortas, tan profundas o tan superficiales, reales o inventadas a mi propio transcurrir.Todos los que convergen en mi vida convergerán en este hoyo intergaláctico que será mi espacio de desenmarañe personal. Ya te hallarás, pero cuidado, no te creas todo lo que ves, la demanda latente va mucho más allá de lo explícito, pero si tienes algo que decir para internarte un poco en esta inmensa membrana que protege el interior, fluye, ayuda y no te calles…
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lunes, 2 de junio de 2008

Crónica ensimismada de un sábado entre pequeñas bailarinas


Después de las tres de la tarde me envolvieron en un mar de sinsentidos: quince minutos de marcaje móvil sobre el escenario; ellas sobre sus puntitas enzapatadas, yo sobre las puntas de mis nervios.
Doce minutos entre peinetas cubiertas de flores azules, mallas atiborradas de moretones de tierra, desorden de zapatillas y antenitas necias erguidas de algarabía y estupor en sus cabezas.
Veintisiete minutos de amor atiborrado de fantasmas danzarines sobre un escenario oculto: música, saltos, spot a media luz detrás de un telón rojo que palidece ante sus caritas arreboladas.
Ante sus ojos, seis danzas desabridas, amargas, engreídas, lánguidas y entonces marcharon hacía la luz de la escena.
Dos minutos de compresión y libertad, de orgullo y agonía, de miedo y alegría: ellas bailan en mi presencia, se acomodan, se prendan de las pequeñas centellas de luz que alcanzan.
Luego la prisa sin cuenta, el tiempo pasa sin cronómetro en nuestra pierna, ayuditas mínimas con los tocados, con los moños de la cintura y los nudos de las bolsas que atrapan los tutús que en unos minutos cobran vida en sus cinturas. Mi corazón late fuerte y lo siento, mis manos tiemblan ante la peineta que no aparece en la valija, clavo pasadores, acomodo cuerpos y luego los envío.
Ellas acarician el espacio con su movimiento, enfrentan al monstruo de las mil cabezas que las abraza: se marchan de diez centímetros y vuelven akilometradas.
Yo me agiganto, las felicito, les regalo una flor en el aplauso, me lleno de su danza que es mía, de sus pies que alimento, de sus ojos que observan ávidos lejos de mí, de su orgullo que por un segundo se agranda.
Me marcho luego y llego a casa con su recuerdo en las pestañas, en las comisuras de los labios, en los talones, en las manos, toda llenita de sus flores, de mi trabajo en sus cuerpos, de mi experiencia compartida, del regalo de mi cuerpo impreso en ellas, mis bailarinas.

2 comentarios:

jadamayo dijo...

Todavía no se porque tiene que ser eneas o virgilio o dante o ariadna el ejemplo guía; tampoco me cae muy bien socrates: se me antoja demasiado pomposo. ¿Pero que tal la primera mujer, el primer beso, el primer encanto con el objeto de nuestros deseos? ¿La primera mano que orienta la caricia, la pisada correcta, el giro de la "G", la incidiosa mezcla de verde-rojo= morado? Supongo que la primera diferencia entre un pisicologo y un maestro es que mientras el uno te caga desde la orilla, el otro está contigo nadando...

Anónimo dijo...

¿Quién dijo que ya no bailas? Finalmente, tu corazón lo sigue haciendo a través de esas soñadoras que, con todo y el miedo, se yerguen en el escenario. Bailas cuando bailan, giras cuando ellas hacen sus giros y vives cuando ellas sueñan ser, en ese instante, las divas de la escena.