
Me fui de vacaciones y me llevé a mí misma a lugares extraños, calientes, tranquilos, sórdidos.
La primera noche hizo demasiado calor y yo supe que así sería desde que entré a la habitación donde dormí cuatro noches distantísimas unas de otras; sin duda la primera fue casi una alucinación.
Concilié el sueño en un segundo, después de hablar y hablar con la vecina de la cama de a lado: las dos medio desnudas tratábamos de olvidar las inclemencias del cuarto enredándonos con las palabras.
Luego desperté confundida; la cama era la parrilla de un horno. El bizz, bizz de dos ventiladores era excesivamente fuerte para una noche tan silenciosa en medio de quién sabe dónde en Guerrero. Podía sentir el aire como una nata inmóvil a pesar del esfuerzo de las aspas giratorias que hacían lo que podía para empujarlo.
Estaba en calzones, es decir, desnuda, pero sentía como si tuviera un abrigo puesto: era el sudor pegado que traía encima, abajo, arriba, en medio, ¡por todos lados de mí!
Luego vino esa sensación absurda en mi nariz: no estaba segura si respiraba, por más que jalaba el aire con mis extrañas, no sabía si entraba y salía, pese al movimiento de mi tórax, pese a mis ganas de refrescar un poco mi interior con una ráfaga pequeña, diminuta de airecito fresco, tibio al menos, pero no.
Quise salirme, regresar a mi casa donde tengo que cubrirme con una manta si no quiero tiritar en la madrugada. Como una niña, quería ir con mi mamá para que me consolara, como si ella pudiera provocar un cambio en la temperatura.
Sentí angustia, desesperación: todos dormían a mi alrededor, en el cuarto contiguo, abajo, en la cama de a lado, pero yo no, yo sufría, me asfixiaba…
Bajé por agua helada y la bebí a tragos, pero sentí como mi traquea la calentaba en un instante: cuando llegaba a mi estómago ya estaba tibia.
Tuve ganas de llorar, de salir corriendo para zambullirme en la alberca, pero recordé la temperatura de aquella agua: tibia también.
Regresé a la cama con la esperanza de dormir un poco, pero el calor me aplastaba. Sentía el sueño y el cansancio pero no era capaz de dormir.
Por fin me fui al baño y me puse debajo del chorro de agua fría de la regadera; el impacto contra mi espalda me fulminó, estaba helada, me dolía. Aguanté unos minutos ahí y luego, sin secarme siquiera, volví a mi cama y me senté entre los dos ventiladores. Comencé a temblar y temblar de frío y no fue ningún alivio: mi nariz se tapó, mi garganta se resecó, sentí que ahora iba a morirme de frío.
Dos minutos después me relajé, estaba medio seca y muy fresca, mi temperatura al fin se equilibró y me acosté en la cama. El cansancio y la tensión me vencieron, el calor y el frío se quedaron afuera y yo me entregué al sueño.
La primera noche hizo demasiado calor y yo supe que así sería desde que entré a la habitación donde dormí cuatro noches distantísimas unas de otras; sin duda la primera fue casi una alucinación.
Concilié el sueño en un segundo, después de hablar y hablar con la vecina de la cama de a lado: las dos medio desnudas tratábamos de olvidar las inclemencias del cuarto enredándonos con las palabras.
Luego desperté confundida; la cama era la parrilla de un horno. El bizz, bizz de dos ventiladores era excesivamente fuerte para una noche tan silenciosa en medio de quién sabe dónde en Guerrero. Podía sentir el aire como una nata inmóvil a pesar del esfuerzo de las aspas giratorias que hacían lo que podía para empujarlo.
Estaba en calzones, es decir, desnuda, pero sentía como si tuviera un abrigo puesto: era el sudor pegado que traía encima, abajo, arriba, en medio, ¡por todos lados de mí!
Luego vino esa sensación absurda en mi nariz: no estaba segura si respiraba, por más que jalaba el aire con mis extrañas, no sabía si entraba y salía, pese al movimiento de mi tórax, pese a mis ganas de refrescar un poco mi interior con una ráfaga pequeña, diminuta de airecito fresco, tibio al menos, pero no.
Quise salirme, regresar a mi casa donde tengo que cubrirme con una manta si no quiero tiritar en la madrugada. Como una niña, quería ir con mi mamá para que me consolara, como si ella pudiera provocar un cambio en la temperatura.
Sentí angustia, desesperación: todos dormían a mi alrededor, en el cuarto contiguo, abajo, en la cama de a lado, pero yo no, yo sufría, me asfixiaba…
Bajé por agua helada y la bebí a tragos, pero sentí como mi traquea la calentaba en un instante: cuando llegaba a mi estómago ya estaba tibia.
Tuve ganas de llorar, de salir corriendo para zambullirme en la alberca, pero recordé la temperatura de aquella agua: tibia también.
Regresé a la cama con la esperanza de dormir un poco, pero el calor me aplastaba. Sentía el sueño y el cansancio pero no era capaz de dormir.
Por fin me fui al baño y me puse debajo del chorro de agua fría de la regadera; el impacto contra mi espalda me fulminó, estaba helada, me dolía. Aguanté unos minutos ahí y luego, sin secarme siquiera, volví a mi cama y me senté entre los dos ventiladores. Comencé a temblar y temblar de frío y no fue ningún alivio: mi nariz se tapó, mi garganta se resecó, sentí que ahora iba a morirme de frío.
Dos minutos después me relajé, estaba medio seca y muy fresca, mi temperatura al fin se equilibró y me acosté en la cama. El cansancio y la tensión me vencieron, el calor y el frío se quedaron afuera y yo me entregué al sueño.
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