Hace unas semanas me caché sentada frente a un mar abierto, lleno de corrientes dispersas y congregadas por la luna oculta en la claridad del día y por la época del mes que vivíamos. (El hombre que me rentó la sombrilla comentaba con ojos profundos, clavados allá tan lejos en las hendiduras más intrincadas del horizonte que la playa estaba muy diferente: la colita del ciclón había tocado esa punta del mundo y había llenado de diferencias un paisaje que él debe conocer como las sensaciones de sus vísceras.) El aire me pegaba en los ojos, la arena se ceñía contra las plantas de mis pies, pero el ruido del mar no violentaba nada en mis adentros: me encontré ahí, semidesnuda, fresca, feliz y con la mente en blanco. Por un instante —tal vez mucho más, pero no me di cuenta— dejé de pensar y encontré esa cosa que yo creo que es la paz, la mía. Por un segundo fui testigo y protagonista.
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