Qué ganas de compartirme, porque sé que si no me doy todo lo que soy no vale, queda encerrado entre las cuatro paredes sin ventanas que forma mi cuerpo, mi hermoso y perfecto cuerpo lleno de errores constantes que lo hacen cada vez más bello.Y entonces ella me pregunta: …“a ver, pero cuando dices soledad, ¿de qué hablas?, porque aunque parece tan simple, cada quien tiene una cosa distinta en la cabeza cuando usa esa palabra tan rimbombante”. Cierto, pero en ese momento pensé que estaba equivocada.
Cuando era niña me encantaba pasar horas solita en mi cuarto; aunque no dormí en él hasta los quince, de día jugaba mucho, saltaba en la cama, reía, inventaba historias que le contaba al aire, era un mundo más dulce que mi bolsa de paletas Tutsi pop; un día sonó el teléfono, que en mi casa se usaba pegado a un enorme cable para desplazarlo por toda la casa, pero en serio, toda la casa; ring, ring y yo en esa habitación pequeña que convertía en universo. Era para la vecina, su hermano, le urgía.
Los castillos, las jacarandas, la imagen de mi cuerpecito saltarín y la emoción de caer parada después de tocar el techo, pero en una sola pierna y sin perder el equilibrio aparecieron otra vez llenándolo todo de desiertos y océanos. Un saltito mal planteado me llevó a una orilla que me devolvió al mundo, cuando mi pie de quince centímetros se estrelló contra la bocina del teléfono descolgado. Habrían pasado dos meses, dos semanas, seis horas o quince minutos, cómo saberlo, lo único cierto y conocido era la punzada de miedo que sentí en el estómago. Había olvidado la llamada, el hermano, la urgencia. Un sentimiento de pudor ante la oreja de un intruso y el temor de haber hecho algo muy malo me oprimieron. Tomé la bocina con cuidado y me la puse al oído; aún estaban ahí, espiándome, esperando. Muy despacio colgué el teléfono y me le quedé mirando un rato, pero unos minutos después vinieron otra vez los castillos, las jacarandas y toda la alegría de mi soledad eterna.
Luego me asaltó la duda: “…y por qué demonios estoy pensando en eso”.
Me hallo sola y todo cobra sentido, las palabras fluyen como el arcoiris, los nubarrones de mis ojos se marchan lejos y el sol y su gemelo se ponen un centímetro arriba de mis cejas. No hay ruido ni caos, todo se convierte en orden y privilegios, no cabe el aro, el fuego o el olor a sangre, no quedan grandes las ojeras ni el alcohol ni las ganas y no hay necesidad extrema. Sola caigo y vuelo, aprendo y me desintegro con alegría. Sola me abrazo y me olvido de que afuera hay un sol que quema y arde. Sola es dulce, tierno, seguro, siniestro. Sola se siente como todo y me pierdo, olvido y me pierdo y olvido que estoy sola.
2 comentarios:
Hola! No sé si fue tu infancia pero te imaginé dando saltos enormes con piruetas, como una bailarina. Me encantó.
Por cierto necesito una compañera para la especialidad, je, je, ¿Te animas?
desde detrás de un escritorio me pregunto ¿que ondas tu?
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