
Y el mes más dulce y luminoso ha llegado... (o será que no debo decir que el mes más dulce y luminoso ha llegado, sino que a mí me parece que este mes que llega mañana es el más dulce y luminoso; quien lo sabe, sólo yo que abro los ojos cada día del final del año y me parece que la luz es más clara y más azulada que nunca, que siento el frío como aguijones que me provocan sentir más y más todo lo que encuentro en cada camino. Yo sé que quien lo lea sabrá que se trata de mí, y que sobra decir que yo lo pienso, lo reconozco, lo vivo, que se trata de lo que sale cada veinte minutos de mi cabeza y que no pretendo plasmar verdad alguna en el mundo, sino hablar de la percepción de mis ojos sin más deseo que compartirla).
¿Por qué será que el final me parece tan hermoso? ¿Sera el final o será el principio? ¿Será que queda atrás lo que ha sido y viene ahora lo que viene sin que se sepa nunca lo que será que viene? ¿Será que vivo del recuerdo de lo que quedó atrás y que me inspira para ser lo que seré? No lo sé, pero ahí viene. Viene el final del año y aún es futuro, pero lleno de promesas. Comienza con un cumpleaños, sigue con la danza de mis pequeñas bailarinas, con las vacaciones y la presencia constante de mi querido; luego vienen las lucecitas en las ventanas, la danza de los regalos que van y vienen, los paseos en la playa del Golfo, las copas de vino llenas de buenos deseos y la culminación en un comenzar de nuevo. Ahí viene todo ese frío y ese calor que contrastan con ímpetu y que me regala diciembre cada vez que viene y yo me siento colmada de amor, de soledad, de miedo, de placer.
Tal vez sea sólo que me doy cuenta de que estoy viva y de que siento y de que a mi ladito palpita la vida, la muerte, el adiós y el tiempo que sigue cuando lo veo y aunque no lo viera. Tal vez sea sólo que me regocijo de acabar y empezar de nuevo, y de sentir que para mí el final es el mejor momento.
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