No tengo nada que explicar, es sólo que tengo ganas de ser mi propia protagonista y de echar ojeadas tan largas o tan cortas, tan profundas o tan superficiales, reales o inventadas a mi propio transcurrir.Todos los que convergen en mi vida convergerán en este hoyo intergaláctico que será mi espacio de desenmarañe personal. Ya te hallarás, pero cuidado, no te creas todo lo que ves, la demanda latente va mucho más allá de lo explícito, pero si tienes algo que decir para internarte un poco en esta inmensa membrana que protege el interior, fluye, ayuda y no te calles…
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viernes, 19 de diciembre de 2008

Olores evaporados

Huele a mi mirada que recorre el patio de la escuela en busca de la felicidad de todos, pero que tropieza con una niña, Erica, sentada sola en una jardinera, comiéndose su sándwich de jamón y mayonesa. Huele a mi intención de unirla con el mundo de la compañía y a mi felicidad al juntarla con otra como ella que se hundía en la soledad del patio plagado de niños correlones. Todavía puedo verlas ahí, sonriéndose mutuamente y construyéndome mi amuleto de curandera.

Huele a perlitas falsas sobre la cabeza de una niña que me recordaba que yo no era nadie en la vida de aquellos que me dejaban guardada en un cuarto con televisor, camas elásticas para llegar al techo y la crueldad de una ventana para ver el mundo al que no tenía acceso.

Huele a mi vestido rosa suspendido en el aire al giro de mi cuerpo, en medio de la gente que baila: fue una noche de algarabía y puedo oler la algarabía contaminada por mi intuición de haberlo perdido todo; era la boda de mi madre.

Huele a mi sonrisa y a mi corazón latiendo fuerte debajo de la mesa del comedor, después de tener la promesa de que un hermano vendría a finales del próximo invierno para jugar conmigo y rescatarme de esas tardes de telenovelas y cielo gris que llegaron con mis ocho años. Recuerdo la luz de la lámpara de tres focos que me llegaba poco a ese espacio cobijado por un grueso cielo de madera y los pies de tres adultos rodeándome.

Huele a deditos que aprietan mi dedo gordo, a deseos de vivir sólo para compartir la vida con él que es tan pequeño. Huele al agua de su baño, a sus cobijitas, a su mechón de cabellos negros contra mi mejilla, a su vocecita gigante penetrándolo todo.

Huele a lágrimas ante un cinco marcado con rojo sobre la hoja oficio de un examen de matemáticas, a una decisión de cambiar el curso de los números rojos de mi boleta del último año de la primaria, a una promesa propia de sucumbir a los deseos de mi corazoncito que anhelaba la admiración de los que no estaban cerca.

Huele a miedo de entrar a la escuela a las dos de la tarde, huele a despedida y a grandes decisiones, en una época en que no había manera de tomar grandes decisiones. Huele a soledad más que nunca antes, a una clara sensación de que se había perdido todo.

Huele a luz rodeando el cuerpo de Blanca a los doce y luego huele a mí rodeada de su luz; brillamos juntas durante veinte años y luego nos consumimos en hogueras mutuas hasta que todo se oscureció.

Busco el olor de mi dieces y del reconocimiento que trajeron a mi vida pero no lo percibo, busco en el aire su aroma pero ni siquiera logro recordarlo. Queda una sensación descolorida que se pinta de gris cuando recuerdo la desventura de ser aplicada, sería, cursiridículanticuada…

Huele a mi anillo que vuela hasta perderse en la oscuridad del patio de la secundaria. Huele a mí enamorada, triste, en plena metamorfosis hacia lo que soy ahora.

Huele a la pútrida idea de tener otro hermano que viene a contaminarlo todo, a mi dolor de estómago provocado por la mi tía que dice que ahora sí quedaré relegada en un rincón de veinte centímetros, como si antes mi rincón no hubiera mayor al medio metro.

Huele al llanto de un bebé en la habitación de al lado, a sus manitas que buscan el dedo gordo para apretarlo, a mí enamorándome de sus chinitos, arrepentida de mi dolor, anhelando convertirme en una muñeca gigante para ella.

Huele al sonido insoportable de las cuerdas de mi guitarra, a mi soledad acompañada por su música, a mis ganas de hallarme y desaparecer. Huele a mí soñando con cumplir un sueño, con enamorarme de un sueño, con soñar más allá de mí misma.

Huele a terrores nocturnos, a mi madre enemiga, a los monstruos que no temí en la infancia infectándome de miedo a los diez y siete años. Huele a mi vida en un hoyo negro.

Abro mis fosas nasales y lo percibo aún: el olor del amor imaginario, de la poesía naciéndome en las palmas de las manos. Inventaba una fusión y sentía los pasos del que caminaba ya en el mundo sin saber de mí y sin hacerse presente todavía.

Huele a miedo: una enorme escuela que absorbe hasta engullirme por completo. Huele a mí caminando por la explanada del velódromo sola a las seis de la mañana, a un enorme grupo donde otra vez no cuento ni inspiro. Huele a mis ojos que inundan la almohada por las noches y la línea telefónica en la mañana.

Entonces, el aroma del amor colma el aire: uno que me rescató de mi intento de abandono académico y que luego se fue a buscarse a sí mismo; otro que se disfrazó de amante enamorado para ocultar un espíritu pobre y necio; un tercero me perfumó con mi propia esencia y luego se extinguió dejándome llena de mi aroma.

Huele a danza, a alargamiento, a contracción y a elevación y a movimiento. Huele a mí perfumada de danza, feliz, feliz, hallada, colmada, inspirada de esto que se llama vida.

Huele a mí enamorada, marcada por una personalidad vestida con gabardina y poesía; hermoso, intrigante, me noqueó minuto y medio después de que vació sus palabras sobre mi cuerpo. Huele a mí sabiendo que era él y no otro, huele a mí luchando como una gata anhelante para tenerlo y luego me quedó muda ante el olor del dolor de su negativa que plagó mi aire. Entonces viene un olor a pérdida que se cierne sobre todo lo que abrazo y lo que suelto.

Huele a ceguera ante un amor que promete, ante una oportunidad de darle forma a un alma que había vivido invocando. Huele a mí arruinándolo todo, huyendo, reparando hasta en los menores de talles. Huele mí neurótica, apagada, necia y pobre. Huelo a mí que no huelo a nada.

Huele a mí devastada, sola y sintiendo un amor que creía inexistente: él se fue a cumplir su sueño y yo me quedé con los ojos muy abiertos, las manos caídas y los dedos de los pies paralizados. La danza y la escuela habían perdido su aroma y yo, menos afortunada que ellos, me quedé produciendo una fetidez indescriptiblemente triste.

El aroma de la felicidad aparece por un momento y es entonces cuando lo llena todo como nunca: danza, y la decisión de fundirme con ella, de abrazarla hasta desaparecer en su esencia. A los veinticuatro era una promesa de ser sueño y promesa. Oigo mi olor desvelado a las cinco y cuarto de la mañana para llegar a clase de siete, lo siento tomando cuerpo en mis ensayos vespertinos, lo saboreo en mi certeza de conseguir el giro, los aductores, el salto, la magia hasta entonces acariciada del movimiento.

Un aroma a amor que me abraza, todavía lo percibo bañando mi aire. Es diciembre y huele a primavera porque él regreso a buscarme, a vivir el amor conmigo, porque me quiere, porque lo quiero y despierto con él flaco, dulce y enamorado de mis cincuenta kilos de bailarina.

¡Ay!, huele a músculos desmadrados, a la carne hecha jirones de mi pierna derecha. ¡Ay!, mi alma, mi alegría, mi entrega y mi decisión mueren y apestan al mes, a los dos meses, a los dos años de haberse estrellado contra la realidad de que nunca jamás seré mi yo bailarina. ¡Ay! Huele a un “ay” que no acabará nunca.

Huele a un túnel atemorizante que acabó en una casita con persianas en las ventanas y una cocina donde me hice cocinera. Huele a sexo tres veces al día, a ramas creciendo de mis entrañas, a besos a las tres de la madrugada de una boca que dice “te quiero” mientras duerme y percibe mi movimiento para acomodarme del otro lado. Huele a las raíces de un árbol que hasta ahora llamo familia.

Huele a adiós, a abismo, a pregunta, a ser lo que no quería ser, a vivir donde no quería vivir, a no tener más que una despensa regalada, un sueldo de maestra que no enseña, una carrera de último recurso, un ojo herido y el otro ciego, un corazón que no quiere sentir lo que siente. Huele a mí sola de nuevo, enemiga del amor, guardada en una caja de inmovilidad y miedo.

Encuentro un olor que perfuma el aire con su alegría: niñas que danzan al ritmo de mi voz que insiste en permanecer en un espacio donde no queda espacio para mi voz. Y me quedo y dicto una melodía a esos cuerpos pequeños, a esas caritas que me enseñan que aún tengo dos piernas que pueden saltar tan alto como puedan saltar sus piernas. Huele a sus pies olorosos a las dos de la tarde, a sus cabellos sudados después de su clase de danza, a su alegría desmesurada cuando las felicito, a las flores que me regalaron después de su festival, a su recuerdo en mi mente que no hace más que llenarme de amor. Huele a mis niñas bailarinas.

Hiedo mientras estoy perdida, me busco en la nada del amor, me busco en el desamor, me busco en lo profundo de un abismo que creo que me ahoga, pero que guardo en la boca de mi estómago. Pinto paredes y acomodo en los recovecos de mi sistema las piezas de un rompecabezas que no existe. Niego y contamino el ambiente con mi olor a mugre, a sufrimiento autoinflingido. Ensucio el aire con mi olor de bestia, de camaleón, de mujer que no sabe que está perdida y cree tenerse completa.

Huele a paz que llega después de años de andar errante, a mi cama a las seis de la mañana que tibia me cobija, a los brazos de un amor que elijo y que me elije después de haber vagado como fantasmas que penan su desventura. Huele a mí enamorada de un enamorado que desayuna toronja y cena galletitas con queso a mi lado. Huele a mí sabiendo al fin que el amor es un lago dormido en el fondo de un mar que brama.
Huele a gato, más bien a gata, huele a un regalo bueno y peludo, lleno de contradicciones. Huele a mí paciente, aprendiendo a enseñar y aprendiendo.

¡Ay!, huele a muerte. ¡Ay!, debo llorar mil años para sacarme esta pena. ¡Ay! Huele a que no puedo moverme ni para alcanzar el vaso donde queda mi agua viejita. ¡Ay y más y más y más ay! Siento con la piel este olor a una ausencia, a un agujero enorme que se abrió y me dejó como si yo fuera la muerta.

¡Mmm! Huele a Aurora, huele a su voz calmante, a su regaño dirigido, a su agujero de atrapasueños puliendo las imágenes de mi inconsciente. Siento su aroma dulce de mujer completa. Huele a su ser amiga, maga, madre, hija, hermana, maestra.

Huele a hermana perdida y encontrada: a amiga. Huele a orejas que, de ser necesario, escuchan a las doce de la noche. Huele mucho a verdad, a talento, a apertura, a danza, a sueños de mujer que crece. Huele a una Laura que me abraza con su fragancia de compañía.

Huele a mí que me percibo con los ojos y los dedos, que me encuentro y me decido. Percibo un olor de mujer, de persona, de amante, de un amor que está en mí, que me besa, a una esencia de lo que soy y no soy, de lo que quiero y me rebasa. Huele a que me encuentro poco a poco y me desvanezco con la tarde, con la soledad que amo y con la compañía que no me acompaña.

Huelo a olores que quedan y que faltan, tantas esencias blancas y negras, perdidas, lejanas, encontradas, desiertas, cabizbajas, erradas. Huelo a mí y a esos que pasaron, que permanecen, que quedaron, que mueren.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Qué lindo escribes, amiga, gracias por compartir conmigo tus pensamientos, sentimientos y emociones. Me siento halagada cuando leo tus escritos, eres en verdad buena para escribir y tus líneas me llegan profundo al corazón. ¡Gracias por hacerme sentir tan bonito!