No tengo nada que explicar, es sólo que tengo ganas de ser mi propia protagonista y de echar ojeadas tan largas o tan cortas, tan profundas o tan superficiales, reales o inventadas a mi propio transcurrir.Todos los que convergen en mi vida convergerán en este hoyo intergaláctico que será mi espacio de desenmarañe personal. Ya te hallarás, pero cuidado, no te creas todo lo que ves, la demanda latente va mucho más allá de lo explícito, pero si tienes algo que decir para internarte un poco en esta inmensa membrana que protege el interior, fluye, ayuda y no te calles…
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domingo, 14 de diciembre de 2008

Tráfico

A la mitad de diciembre apareció una certeza inaudible, ciega, escuálida y rancia; se hizo presente en una semana que transcurrió con el peso de varios años. ¿Qué día es hoy?, ¿cuánto tiempo pasó desde aquella conversación a la que llegué lenta, abigarrada, con un nudo neutro en la garganta?
Es tarde en la tarde, se siente el frío que deja la distancia del Sol. Es casi noche, al menos el principio, como en cualquier otro día que muere alejado de su propia existencia. Afuera huele a vacaciones, a frío, a la tibieza del cristal de las ventanas provocada por miles de foquitos que titilan.
Yo me siento a pensar con una copa de vino en la mano, con el teclado pulsando en la yema de mis dedos, con el teléfono a veinte centímetros de conectar u olvidar a los que quiero.
Adentro laten la voz que no dice más que lo que ha callado hasta ahora, antes de saber y abrazar la verdad que la hizo latir siempre, las cuerdas del piano que mi querido llena de algarabía, el corazón de un felino apoltronado sobre la superficie mullida que ha elegido para vigilar su pequeño universo.
No pasa nada más que lo que pasa: el tiempo corre, la vida de los otros que avanza, mi vida que se funde con mi deseo, mi amor y la meta observación que la escudriña duramente. Nada pasa: el tiempo transcurre sin dejar su tic tac en la sala de mi casa. Ocurre nada y la nada toma existencia, se convierte en el algo que lo cubre todo, en el todo que vacía las fundas de las almohadas, el tarro de arroz, el relleno de los sillones. Nada sucede más allá de las horas en la que la gente se mueve en sus automóviles haciendo tráfico; puedo escuchar el zumbido de las máquinas que cargan la cuenta a la tarjeta de crédito, las engrapadoras enclaustrando la mercancía en una cárcel de plástico suave, las monedas tintineando en las bolsas de los pantalones y las chamarras.
Todo sigue, acontece, continua, pasa, y se convierte en rutina, pero yo hoy estoy fuera, encaramada en la certeza de que avanzo hacia la infinitud de la intrascendencia que elijo cuando decido no convertirme en heroína, en talento que se desborda, en la tuerca capaz de cambiar al mundo.

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