Para Jesús Adalid (porque compartes mi adicción a las pequeñeces)
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Hoy he visto morir a una mosca. La vi caer de la pared del baño. Es la primera vez que veo morir a otro y tenía que ser una mosca, un ser alado, asqueroso e insignificante. Además, la vi mientras cagaba. Que metáfora: cagaba yo y cagaba la vida a ese pequeño bicho indefenso. Murió sin pena, sin amor, pero supervisada por mis ojos. Y fue como ver caer una brizna de polvo. Cayó sin cautela, sin abandono, sin idea alguna de su propia muerte. No pasó nada y pasó una mosca muriendo ante mis ojos: nada. No le lloró su hermana, su hija,
no habrá tumba ni lápida ni olor a muerte en una habitación ensombrecida de lágrimas. Si su muerte ha trascendido es porque apareció disimuladamente ante mis ojos, por la coincidencia necia de mí mirándola mientras caía, por mi lógica humana descifrando la razón de su caída e interpretándola como una muerte, la suya junto a mi cagada. Mañana no será la tierra la que se trague su cadáver cuasi invisible; vendrá la escoba desgarbada, rapidita, en pos de la limpieza absoluta de mi baño y se la llevará a su última morada: una bolsa negra con cordelitos verdes que le cerrarán la boca, revuelta con las cáscaras de naranja del desayuno de anteayer y la charola de unicel impregnada de olor a carne molida que sería su paraíso. Sin ataúd se marchará al más allá del basurero, desconocida, vacía, inmemorable. Hoy es sólo una mancha muy negra pero insignificante sobre el azulejo blanco, una molestia que urge desaparecer porque destroza la impecable limpieza del cuarto de baño.
no habrá tumba ni lápida ni olor a muerte en una habitación ensombrecida de lágrimas. Si su muerte ha trascendido es porque apareció disimuladamente ante mis ojos, por la coincidencia necia de mí mirándola mientras caía, por mi lógica humana descifrando la razón de su caída e interpretándola como una muerte, la suya junto a mi cagada. Mañana no será la tierra la que se trague su cadáver cuasi invisible; vendrá la escoba desgarbada, rapidita, en pos de la limpieza absoluta de mi baño y se la llevará a su última morada: una bolsa negra con cordelitos verdes que le cerrarán la boca, revuelta con las cáscaras de naranja del desayuno de anteayer y la charola de unicel impregnada de olor a carne molida que sería su paraíso. Sin ataúd se marchará al más allá del basurero, desconocida, vacía, inmemorable. Hoy es sólo una mancha muy negra pero insignificante sobre el azulejo blanco, una molestia que urge desaparecer porque destroza la impecable limpieza del cuarto de baño.
2 comentarios:
Me encantó lo de la mosca, está muy bueno. Saludos.
La verdad es que me reí mucho con este escrito. Pero me pongo a pensar en lo observadora que puedes llegar a ser como para reparar en la muerte de semejante bicho.
Observar. Observar nimiedades, pequeñeces que no parecen importantes, pero que pueden hacer aún más enriquecedor nuestro paso por esta vida. Eso es una gran diferencia entre tú y el resto de la gente.
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