No tengo nada que explicar, es sólo que tengo ganas de ser mi propia protagonista y de echar ojeadas tan largas o tan cortas, tan profundas o tan superficiales, reales o inventadas a mi propio transcurrir.Todos los que convergen en mi vida convergerán en este hoyo intergaláctico que será mi espacio de desenmarañe personal. Ya te hallarás, pero cuidado, no te creas todo lo que ves, la demanda latente va mucho más allá de lo explícito, pero si tienes algo que decir para internarte un poco en esta inmensa membrana que protege el interior, fluye, ayuda y no te calles…
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domingo, 22 de febrero de 2009

Tres sombras

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Cuando los conocí y en mi mente, no podían ser otra cosa que mis hermanos.
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A él lo esperaba desde hacía mucho más de lo que sus padres llevaban casados. Me enteré de su llegada unos siete meses antes, un día en que a las siete de la noche me ocultaba a ojos vistos debajo de la mesa del comedor de la casa de mi abuela. Desde ahí sólo se veían pies enfundados en zapatos, luz indirecta de las lámparas de la habitación y la sombra provocada por el techo de mi pequeña casa imaginaria. En mis oídos resonaban las palabras de mi mamá: él venía, después de esperarlo tanto, de invocarlo y soñarlo durante tantos días, él venía.
Esperé su llegada con cariño, y con extrema curiosidad vigilé cómo iba tomando forma en el cuerpo de mamá: lo vi a los cinco meses ondulando la piel del abdomen que lo contenía, lo hice responder a mi voz, a mis historias, al simple toque de mi mano que lo buscaba sobre la tibieza que lo abrazaba. Lo quise a pesar de los vómitos, los ascos, los rechazos declarados a las golosinas y los dolores de cabeza que provocaba en ella y disfruté cada momento de espera imaginando cómo sería nuestra vida juntos.
Llegó una mañana de escuela: después de clases lo encontré en los brazos de su madre que era la mía, morenito, pequeño, llenito de pelos negros. Con los ojitos oscuros y brillantes me miraba desde mi abrazo, desde su ser mi hermano que tanto tanto había soñado.

Tres años después recibí el anuncio de que venía ella. Mi corazón se congeló entre mis demás órganos: no la quería, venía a quitármelo todo, a despojarme de las tres moléculas de existencia que eran mías.
Con ella mi historia es distinta. La primera vez que la vi le reproché la cara pálida y perdida de mamá que yacía medio drogada en una cama de hospital. Mis palabras fueron simples cuando la vi: está muy fea. Claro, estaba hinchada, pequeñita y entrometida.
Una semana después su llanto irrumpió feroz en todo el piso de arriba de la casa de mi abuela. Lloraba y estaba sola: mamá había bajado a comer y parecía no escucharla. Yo estaba arriba, en el cuarto de junto y ella gritaba. Fue inútil llamarle a mamá porque no atendía, pero la niña seguía llorando. No hubo otro remedio, tuve que ir a mirarla contraerse en su minúsculo bambineto, tuve que mecerla y hacer sshh, ssshh, pero no se callaba, tuve que meter mi mano debajo de su cabecita y sostenerla en mis brazos: era tan pequeña y tan inocente, tan dulce. Lloraba como si supiera que estaba sola en el mundo, como si me pidiera la ayuda de hermana mayor que sabía que yo estaría dispuesta darle el resto de mi vida. La cargué y al fin guardó silencio. Se quedó muy tranquilita, pero movía sus manos como si tratara de espantar una mosca, así que no me quedó otra que responder a ese gesto: acerqué uno de mis dedos y ella lo tomó completo, lo apretó fuerte y me miró a los ojos sin remilgos ni aspavientos.

Mientras terminaba de crecer no hice más que mimarlos. Jugaba con ellos todo lo que podía, saltaba en la cama tomándoles las manos; cuando íbamos en el auto les contaba diez mil veces los mismos cuentos inventados y verídicos: La leyenda los volcanes, La Iliada, La Odisea junto a Blancanieves, La Cenicienta y Pulgarcito. Recibí sus cartas llenas de dibujos y guardé sus lágrimas, los cuidé cuando sus padres se iban a cosas de adultos. Quise ser su hermana como yo me veía siendo su hermana, y me imaginé que siempre seríamos iguales, que estaríamos juntos.

Eran para mí una promesa de familia y de futuro, de amor perdido y ganado a pulso. Volví a soñar con ellos: cuando fuéramos grandes sería yo el consuelo de sus sinsabores adolescentes, y hasta nos vi adultos compartiendo aún nuestro ser hermanos.

Hace poco más de un año y después de mucho llorar mis sueños que se estrellaron contra una enorme piedra, me dejé de añoranzas necias y los vi siendo lo que son junto a lo que yo soy y tan lejos. Creí que eran hermanos los que son sólo extraños hijos de mi madre. Creí que eran míos cuando he sabido siempre que yo no tengo más que un par de manos. En ellos hay un pedazo mío, pero no hay en ellos nada de mí.

Ellos son un trozo de cada uno de sus padres y además son ellos. Mi madre me ama, eso lo sé de cierto y por eso ellos aman un fragmento mío, pero son también un trozo de su padre, ése que no me ama ni me amó ni me amará nunca y que yo misma no he de amar jamás; esa parte mía también la sienten ellos y ahí no quepo, rechazan esa parte de mí porque rechaza una parte de ellos.

Yo creía que serían para siempre mis hermanos, que éramos uno entre los tres y que era suficiente la infancia para cimentarlo todo adelante, soñé que bastaba el lazo uterino que nos dio la existencia, pero no, porque ahí dentro estuvimos un instante y afuera nos quedaremos para siempre y así, tan lejos, tan lejos…

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