Entre la multitud había un hombre joven que miraba a su alrededor el espectáculo. No pretendía tocarlo ni llamarlo: no lo buscaba; sólo permanecía por ahí admirando la belleza y la dulzura de aquellos seres mágicos que no hacían más que permanecer es su sitio, ya fuera en el aire o en las ramitas de algún árbol.
Un ratito después, cuando me marchaba, él estaba rodeado de gente que lo miraba. Yo también lo miré: tenía uno de aquellos seres tan dulces parado en su frente.
Lo observé con un dejo de envidia y pensé: "qué especial debe ser para que uno de esos bichitos tan hermosos lo elija como si fuera hoja, tronco, aire". Le sonreí de lejos y seguí mi marcha, pero justo cuando pasé a su lado el animalito emprendió el vuelo y se me paró en la frente un segundo después de haber terminado mi pensamiento.
No me sentí especial ni afortunada, tan sólo sentí la cosquillita de sus alas, la ternura de su roce y la felicidad de poseer su contacto. No pude dejar de sonreir mientras oía muy de lejos el murmullo de la gente que me miraba sorprendida y quizás, como yo hacía un momento, sentía un poquito de envidia.
1 comentario:
¡Qué lindo! Debe ser espectacular ver a tantos animalitos luchando por la vida y ser uno parte de su entorno, al menos por un momento.
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