No tengo nada que explicar, es sólo que tengo ganas de ser mi propia protagonista y de echar ojeadas tan largas o tan cortas, tan profundas o tan superficiales, reales o inventadas a mi propio transcurrir.Todos los que convergen en mi vida convergerán en este hoyo intergaláctico que será mi espacio de desenmarañe personal. Ya te hallarás, pero cuidado, no te creas todo lo que ves, la demanda latente va mucho más allá de lo explícito, pero si tienes algo que decir para internarte un poco en esta inmensa membrana que protege el interior, fluye, ayuda y no te calles…
.
.
.
.
.

viernes, 3 de abril de 2009

Huellas mnémicas I

Por un segundo he mirado alrededor y las veo, a veces son tenues y a veces profundas. Antes no sabía en qué podían fundamentarse, no sabía reconocerlas como pedazos de existencia. Creía que no eran.
Ayer las descubrí como si fueran el tesoro pirata que inventaba hace años con mi primo Oswaldo: juntos hurtamos una cajita de madera oscura, labrada a mano, del cajón de mi abuela y la llenamos de los pesos antiguos que encontramos tirados al fondo de los closets; pusimos también restos de lámparas que parecían enormes joyas verdaderas porque brillaban al sol, cachos de recuerdos amarrillos y azules, anillos inservibles y algunas monedas de chocolate recubiertas en papel oro dorado.
La cajita quedó enterrada en algún lugar del jardín que cuidadosamente buscamos para que fuera invisible. Luego diseñamos un mapa con cuentas de pasos hacia el norte y el sur que llevaba directo al tesoro escondido. La aventura fue magnífica como casi todas las horas de juego que pasamos juntos.
Las lluvias vinieron unos días después obligándonos a permanecer guardados en casa, lejos del jardín de mi abuela. Pasaron meses y no hubo manera de ir en busca del tesoro escondido por aquel pirata imaginario que habría que vencer una vez hallado su mapa. De alguna manera todo aquello se olvidó en otros juegos interiores: la tiendita con el juguetero y los dulces viejos de alguna fiesta, el camión fabricado con la línea de sillas del comedor, el campamento con los sillones de la sala de tele y las toallas de toda la familia, el teatro con mis vestuarios viejos del día de madres y mis coreografías inventadas.

Años después apareció el mapa aquel archivado entre mis libros de cuentos. Sonreí feliz porque había aparecido un juego más que jugar. Fuimos en busca del tesoro pirata siguiendo el mapa al pie de la letra: dos pasos hacia la azalea, giro hacia el cuarto de la tías y siete pasos hacia el monte de arena; pero ya el monte de arena había desaparecido. Pasamos horas sumergidos en las instrucciones, las direcciones, las señales, la aventura, y nunca jamás encontramos el tesoro de doblones de pesos antiguos y monedas de chocolate. Según nosotros lo habíamos enterrado en la tumba de Laisa, un canario hembra que pobló las jaulas del comedor de pajaritos, pero por más hondo que cavamos, la cajita de madera labrada que robamos del cajón del tocador de mi abuela no apareció ni ahí ni en los innumerables hoyos que hicimos por todo el jardín. Lo que sí hallamos fue el enojo rotundo de Mami Elen al ver su jardín escarbado, terroso, y a sus nietos niños llenos de tierra y bichos entrando a su sala que acaba de ser invadida por niños jugando.

No hay comentarios: