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¿Con quién habré jugado tanto en la niñez que me salieron estas alas?
Mis alas, tan indefinidas, rotas una vez de un salto al vacío.
Soy un cuerpo que danza y duele,
soy una marioneta con los dedos rotos,
soy un cisne abigarrado.
El camino hacia arriba arde en las pantorrillas y en los serratos.
Mis costillas se sueltan en la búsqueda del alargamiento.
En medio de todo sólo queda la falta que se produce cuando elevo el peso y no alcanzo.
Es la muerte y las ganas de no morir que lleva pegadas.
Es la belleza del acto de decir adiós impregnado en la danza.
¿Con quién habré jugado tanto en la niñez que me salieron estas alas?
Mis alas, tan indefinidas, rotas una vez de un salto al vacío.
Soy un cuerpo que danza y duele,
soy una marioneta con los dedos rotos,
soy un cisne abigarrado.
El camino hacia arriba arde en las pantorrillas y en los serratos.
Mis costillas se sueltan en la búsqueda del alargamiento.
En medio de todo sólo queda la falta que se produce cuando elevo el peso y no alcanzo.
Es la muerte y las ganas de no morir que lleva pegadas.
Es la belleza del acto de decir adiós impregnado en la danza.
1 comentario:
El espectáculo de una bailarina que se integra a la música y al argumento de su danza desde lo más profundo de sí puede ser tan conmovedor que trasciende cualquier razonamiento y puede llevarnos a la experimentación más esencial de la vida. ¿Qué hace un niño si no gozar y sufrir intensamente, es decir, vivir la vida con toda la intensidad? Luego tendemos a olvidarnos de eso, lo importante, por las cosas “importantes” del trabajo, de ganar dinero, de “lo que hay que hacer”. Es una fortuna que todavía haya Lopatkinas y Tania Elenas que danzan en el escenario de un teatro o de su vida y que nos recuerdan lo verdaderamente importante de la vida. Y es una pena que no siempre escuchemos el llamado de los cisnes y callemos y no nos dejemos fluir, en la vida o en un espacio virtual como éste.
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