No tengo nada que explicar, es sólo que tengo ganas de ser mi propia protagonista y de echar ojeadas tan largas o tan cortas, tan profundas o tan superficiales, reales o inventadas a mi propio transcurrir.Todos los que convergen en mi vida convergerán en este hoyo intergaláctico que será mi espacio de desenmarañe personal. Ya te hallarás, pero cuidado, no te creas todo lo que ves, la demanda latente va mucho más allá de lo explícito, pero si tienes algo que decir para internarte un poco en esta inmensa membrana que protege el interior, fluye, ayuda y no te calles…
.
.
.
.
.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

No xalapeña

.
Ahora ya vivo en Xalapa. Hace unas semanas me descubrí medio desnuda a las diez de la mañana con el Sol en la cara y una silueta que se asomaba por el tragaluz de la recámara; la casa todavía olía a perro y Licha no quería salir del clóset del cuarto apestoso que en algún momento, con suerte, sería el estudio de Jesús. No fue lindo, fue más bien lo peor que me podía pasar después de cuatro días de decir adiós, atiborrar cajas, regalar cosas y comer pizza de Dominos, después de una noche en la que tuve que despedirme de la querida casita estilo caja de zapatos donde había vivido los últimos cinco años de mi vida, y de manejar desde la caseta de la salida a Puebla hasta La Joya en la madrugada. No fue lindo despertar muerta de calor, sin saber dónde estaba aunque fuera un simple camisón o algo con qué cubrirme para poderme levantar del único mueble que había en esta nueva casa: mi cama, la de siempre.
Pero ahora ya vivo en Xalapa y he aprendido que la cama no puede ubicarse de norte a sur sino que debe estar puesta de este a oeste para evitar que los albañiles de la obra de junto puedan verme dormir por el tragaluz del techo, que hay que abrir todas las ventanas del piso de arriba como a eso de las seis para que se refresque la habitación, que el vestidor de mi cuarto ofrece lindos anaqueles una vez que los has limpiado para acomodar blusas, pijamas y hasta camisones, que Licha ama tanto su enorme jardín que chilla todas las mañanas en cuanto pongo un pie sobre el piso para que le abra la puerta de la cocina y pueda ir a cazar mariposas, que las pizzas de Dominos pueden quedar en el olvido porque ya puedo hacer mi propia comida, que no tengo que manejar de noche agobiada por los miles de reflejos extraños que veo sobre la carretera debido al sueño y que el olor a perro puede desaparecer a pesar de su arraigo.
Por ahí me dicen xalapeña sólo porque vivo en Xalapa, pero no, no lo soy, soy apenas una exiliada de su ciudad, de su mundo, de su casita de la Miguel Hidalgo, de sus clases de árabe toda la mañana del sábado y sus camas de tortura dos veces a la semana en el estudio Pilates Reformer. Soy una defeña triste que no se resigna a pesar de las calles arboladas de Las Ánimas, de lo posibilidad de hacerme psicóloga, de la hermosa casa de dos plantas y cocina enorme donde vivo.
No me gustan los cambios, nunca los busqué ni los quise y apenas he tenido que enfrentarlos unas cuantas veces, pero éste me está partiendo en dos mitades irregulares, doloridas, aplastadas por las ganas de salir corriendo, pero, ¿a dónde?

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Lamento tanto haberlo siquiera escrito!

Isolda Dosamantes dijo...

Vas a disfrutar Jalapa te lo aseguro.

Telena dijo...

Y mi Suegropa me dice:

Como siempre, me gusta lo que escribes. En las duras y en las maduras siempre permites descubrir un brillo de tu multifacético interior. Te mando un beso
JH