Una cajita blanca, de sal. Casi una esfera perfecta partida por una línea sagital. Hay lugares en el mundo donde hacen cositas de sal, y a mí me la trajeron desde Bolivia.
En cuanto la tuve, la incluí en la ya conocida y amada colección de cajitas de mi minúsculo tocador. Halló así su lugar arriba del enorme joyero indio de madera oscura, junto al baulito chino tallado en hueso y pintado con tinta casi negra que retrata un paisaje oriental, y de tan pequeñita, apenas logró albergar, de vez en vez, el par de aretes de plata y ámbar más chiquitos que tengo, usados los días en que no quería sentir el más mínimo peso en mis orejas.
Blanca y redonda, la empaqué junto a sus hermanas de latón, cerámica, hilo, madera, zacate y vidrio e, igual que ellas, se sentó en la tabla principal debajo del tragaluz donde se acomodó mi tocador.
Un día, sin previo aviso ni extrañeza, comenzó a llover adentro de la habitación: la condensación en el tragaluz causaba un constante goteo que caía sobre el piso, las cajas aún empacadas y, por supuesto, mi tocador.
.
La cajita de sal emigró, bajo el peligro inminente de desarmarse grano a grano, a otra habitación, donde quedó guardada a piedra y lodo en el armario, para que lograra reponerse de la agresión del agua.
Olvidada ya, comenzó a hacer gala de su naturaleza de cosita hecha de sal y juntó toda el agua que le fue posible, hasta que comenzó a gotear y dejarse ir poco a poco de tabla en tabla hasta el suelo de la habitación. La encontré cremosa en un charco de medio vaso de agua clara y salada, obra de su cuerpo en trasmigración.
La cajita de sal se extingue y sabe que, aunque ahora viva en una repisa de la ventana de la cocina para que logré secarse y no la alcance la lluvia, su naturaleza la obligará a desbaratarse en este clima que no le permite estar integrada en su forma de cajita esférica, que tan feliz me hizo cuando estuvo en mi mano.
Cada vez es más pequeñita; cuando es de día y hay sol, se queda quieta en su rinconcito, pero en la tarde que no para de llover con esas gotitas apenas perceptibles e inacabables, se deja ir por su superficie que destila ríos de agua salada que fluyen por la pared hasta marcharse para siempre. Yo nomás la miro y sé que no puedo hacer nada, ella tampoco puede y se deja acompañar y deshacer por la humedad, grano a grano, mi cajita de sal.

2 comentarios:
Y mi querido Suegropa me dice:
Mi querida Tania, me parece precioso tu texto sobre la cajita de sal; ya sabes que admiro tu talento para escribir y me gusta reiterarte esta afirmación. Además de que escribes muy bien, tus temas son interesantes, siempre enganchas al lector y manifiestas una fina sensibilidad.
Por otro lado, me conmueve esa cajita. No sé en que estado de deterioro se encuentre pero yo intentaría algo para detener su agonía. Se me ocurre que coloques la cajita cerca de una fuente de calor como la estufa; hasta que se seque completamente. Cuando llegue a ese estado podrías intentar aislarla del ambiente húmedo, envolviéndola herméticamente en una bolsa de polietileno, y ésta a su vez en otra, y quizá en otra más.
El futuro de la cajita en Jalapa es muy incierto, sin embargo se me ocurre que una solución definitiva podría ser (aunque no estoy muy seguro), aplicarle un recubrimiento con una resina transparente. Quizá sea el típico caso de "vivir en una esfera de cristal"; pero sería un caso de vida o muerte.
Te mando besos a prueba de humedad.
S.
No, no la dejes volar entre la lluvia, tampoco la aprisiones, cuidala y disfrutala un tiempo más.
Publicar un comentario