Cada día a la seis de la mañana suena la alarma de mi reloj. Me despierto un poco y me marcho a echarme varios litros de agua encima en un cuarto de baño donde yo he dispuesto la colocación de todas las cosas. Jabón en medio de medio sueño que regresa, que se olvida. Todo hasta que despierto y me prendo de los primeros despuntes del día que aparecen en los vidrios opacos que me circundan.
Después la rutina: ropa sobre el cuerpo, sandalias, y un sándwich de salami en mi mochila de piel negra junto ami cuadernito, mis copias, mis antologías. Luego, unos minutos después de la siete, deslizo mi credencial por un lector láser antes de que mis ojos comiencen a saltar en busca de aquello que debía ser mío desde siempre.
Las pequeñitas aparecen adelante, distraídas, juguetonas, escurridizas. Soy y no soy entre ellas una más.
Cada día salgo de casa con la misión que no tuve nunca de almacenar, de aprender, de ser lo que se consigue cuando se ama y se olvida. Y cuando vuelvo, los lunes y los jueves compro jitomates y queso de hebra, tortillas azules y picadas. Los tlacoyos se han transformado en una materia de sabor dulce y los puños de chile verde en dos o tres jalapeños furiosos de estar triturados en una simple salsa.
Aparezco entonces como una alucinación en medio de la humedad de Xalapa. Surreal y apagada, verdadera y brillante, me fundo con mi ser inconforme y escurridizo que no hace más que observar el entorno, quejarse, merodear los umbrales más finos del dolor y de la nostalgia.
Soy un lugar inhabitado, un color que no cuaja lejos de la transparencia, una presencia que convoca pero no recurre, un hoyo negro que se consume a sí mismo.
Cada día a las seis de la mañana me tiro el agua mientras repaso el sueño que versa sobre una verdad que desconozco, que niego y aplaudo ante una multitud anónima. Cada día que vuelvo a casa desde una calle que es como mi Madero, como mi casa, como mi recuerdo infantil del hogar y como mi construcción abigarrada de lo que es una casa, siento el aire que me enreda el cabello mientras voy de vuelta a corregir, a imaginar, a vivir entre las cuatro paredes bellas, acompañadas, hongosas y sutiles que me abrazan.
1 comentario:
¡Oh! Qué bonito escribes. Un beso. S.
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