Una vez una prima chiquita me mandó un mensajito curioso: “m ayu? cm dcs 1000 n ing? xs”. Yo ni idea de que significaba aquella fórmula matemática que nada tenía que ver con el cuidadísimo español que uso en mis cuartas de forros. Tardé varios mensajes en saber que aquello era una consulta dirigida a mí por mi gran habilidad con las lenguas extranjeras. Chistoso ¿no? Y eso que según se trata de ahorrar tiempo. Y eso que según tengo enorme habilidad para descifrar los acertijos representados en otras lenguas. Debo sincerarme y decir que mi talento se vio en serios problemas. Requerí de inmensa ayuda para entender semejante enunciado, así como para comprender que se trataba de un enunciado.
Todo consistía en enfrentarme a que toda aquella teoría que leí —Steiner, Lope Blanch, Martín Butragueño, Borges— sobre la lengua y sus fenómenos valía madres cuando se trata de enfrentar lo que los lingüistas llaman “lengua viva”, en movimiento y, más feo, “evolución de la lengua”. Mi ignorancia no tiene límites cuando me enfrento a un texto en chino, en árabe, en dálmata o en, llamémosle así, taquimessenger.
¿Es una pena haber estudiado tanto español para tener que aprender a destruirlo con “K” en lugar de “que” y “xs” en lugar de “gracias”? No, no lo creo, eso sería como decir que la lengua “debe ser”, pero mi trabajo con la lengua viva, mi amor por ella me dice que debo aceptarla como se manifiesta. No se trata de destrucción sino de cambio, de una expansión que respeta la regla de cualquier lenguaje: la comunicación, y que aquellos que de verdad amamos este bello fenómeno que nos hace humanos, capaces de conversar, discutir, negociar y decir tanto como somos capaces de decir, estamos obligados a reconocer que la belleza viene como viene. Claro que no se trata de escribir cuartas de forros, ponencias, ensayos o novelas recurriendo a la brevedad de los mensajes de texto, sino de aprovechar su practicidad en donde es aprovechable, de mirar su extraña codificación tan de idiolecto, y el fenómeno de la extensión lenta y precisa que lo va convirtiendo en dialecto. Trascienda o no, seremos testigos de un fenómeno de la lengua. Si se mantiene y se extiende debemos acatar su fuerza, si se derrumba y perece habremos visto y podremos analizar las causas de su caída, quizá para entender la caída de otras lenguas que murieron.
Pero aunque piense así, mi problema aún no se resuelve: debo aprender taquimessenger pronto si deseo comunicarme, y como para ello no hay escuelas de idiomas, tendré que aprender casi como si se tratara de adquisición y no de aprendizaje. Lo haré como ese día: preguntando. Después de varios mensajes bastante iguales al primero, logré descifrar el misterio. Era simple:
“¿Me ayudas? ¿Cómo se dice mil en inglés? Gracias”.
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