Afuera nada pasa mientras te espero. Desde la ventana la tarde se ve gris y ni una brizna de polvo parece moverse mientras apunto mi memoria y mi corazón hacia ti.
Caerá la noche que nos alcanza para abrazarnos con sus tentáculos negros: falta poco y tú vendrás desde las profundidades de una realidad aparente.
Llegas y me encuentras, aún, en la espera; llegas y me transportas al pasado que no es más que un sueño.
Los dos, en tu auto, nos desplegamos como anuncios, como pergaminos: nos guardamos como abanicos viejos en sus cajas de palo de rosa recubiertas de seda.
Miro a mi alrededor mientras tú lo dices: están los grillos, tu auto y mi realidad se van llenando de cientos de pequeños, medianos, enormes cadáveres de grillos que cuelgan de los cristales, de las puertas, que se pudren o secan en los tapetes del piso. Grillos verdes, cafés, anaranjados, color paja, color lamento. ¿Dónde estaba yo antes de que tu voz los trajera?
Tomas un grillo que relumbra entre tus dedos: se ve dorado, seco, amargo, sus patas tiesas y sinuosas se levantan como agujas color arena. Lo refriegas contra la piel de mi brazo, me entregas un dolor con tu arma: grillo.
Vuelvo entonces a la nada de antes de ti, pero consciente de tus grillos.

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