Este cuatrimestre llevo materias lindas; una de ellas, Neurofisiología. Hay que explorar el cerebro, diseccionarlo, mirar sus formas, sus profundidades, pero, ¿cómo? Simple: un cerebro de vaca.
Qué raro, un cerebro en mis manos, aguadito, sangrante. Huy, qué difícil de conseguir. Yo no soy capaz de matar a una vaca y, la verdad, prefiero reprobar la materia antes que conseguir fuerzas, coraje o motivos para hacerlo.
Ah, el carnicero. Resulta que uno va al mercado (hay uno a dos cuadras de mi escuela), busca una carnicería y pide un cerebro de vaca. Se lo dan a uno enterito, con cerebelo y todo, después de tener que escuchar los hachazos contra el hueso de la cabeza de lo que un día fue un rumiante parado en una colina con su traje negriblanco.
Hoy fui a pedirlo, a encargarlo, a apartarlo al local 29 del mercado de la calle de Lucio, el mismo donde las niñas me llevaron a comer gorditas tapadas en el local de antojitos de doña Rufi. Fui con David y caminé por un pasillo lleno de olores extraños y picantes.
La carnicería estaba enorme, con dos grandes refrigeradores con tres pisos de anaqueles que mostraban manos de cerdo recién amputadas aunque ya sin pelo, toda clase de viseras rojizas, grisáceas, amarillentas, amoratadas. Uf.
Mi día de suerte: sí hay cerebros, pero van a tardar un poco porque apenas están bajando las cabezas. Ok. Claro. Aún no las bajan. En cuanto las bajen. Muy bien. Puedo esperar. De hecho, puedo venir más tarde, cuando las cabezas ya estén donde tienen que estar. Entonces dejó encargado mi cerebro y me voy. Salimos por la puerta más cercana y al pie de la escalera está una camioneta pick up blanca. Un hombre con delantal blanquirojo se esfuerzas en bajar algo sangrante. Lo logra y pasa junto a mí apurado por el peso de la cabeza de vaca sin piel en la que puedo ver las vertebras cervicales que sobresalen y el hocico aún llenito de pelitos blancos y negros.
Vuelvo dos horas más tarde en compañía de Ana, ella también quiere un cerebro. Fuimos antes a que comprar su contenedor y luego la llevé a la carnicería donde los demás del grupo habían negociado un buen precio por la compra masiva: 38 cerebros de vaca.
Vuelvo al olor chillante que penetra mi nariz y puedo contemplar el brillo de los hígados, el color pálido de los intestinos, la blancura porosa de la panza. Van a ser dos cerebros.
Un hombre joven asiente y saca de un refrigerador con tapa en el fondo del local una enorme cabeza chorreante. Por fortuna la lleva a un cuarto que no me deja ver, pero debo escuchar. En el puesto de atrás venden canastas. Pac. Y al lado hay unos libreros rústicos de pino. Pac. Una señora pasa ofreciendo ajos y cerillos. Pac. Casi no siento arcadas.
El hombre joven vuelve con una masa rojiza indeterminada en sus manos. Es muy pequeño, está completo y no se le desprendió el cerebelo. Lo pone en una bolsa de plástico transparente. Van a ser seis más, por favor (han llegado otras compañeras).
Ya no hay cerebros. Ése ya puesto en su bolsa es el único. El hombre joven lo pone sobre una pila de bisteces plagados de nervios que está justo frente a Ana. ¿Cómo? Si necesitamos seis. Pero es el único. Ana lo toma, lo guarda en el contenedor que le dije donde comprar. ¿Y el mío? ¿Dónde está mi cerebro? No está. Ya no hay. Pero yo lo vine a encargar en la mañana con David. Ése que Ana tiene es el mío, el que el carnicero de bata amarilla me guardó.
Ana se apresura a entregar el billete, a guardar el cambio. Yo estoy hablando con el carnicero, ella se acerca y se despide.
Ana se marcha con mi cerebro, el que aparté desde hacía dos horas. Algo me duele. Tendré que venir mañana. Pero ya vine hoy dos veces y me voy sin nada. Ana se lleva mi cerebro. Algo me punza. Ahora sí tengo arcadas.
El carnicero me ofrece otro, a ver si sale. Otra vez el hacha que golpea. Algo me golpea. Salió. ¿Entero? Entero. Qué bien. Ya tengo el mío. Algo insiste en dolerme, pero no me voy con las manos vacías.
Corro a casa con mi cerebro para ponerlo en formol. Guantes, cubreboca, el chorro bajito del agua. Debo lavarlo con cuidado, debo mantenerlo íntegro.
El hilo de agua cae sobre un hemisferio perfecto, intacto, rosado, con sus circunvoluciones y su corteza cerebral, pero le doy la vuelta y veo una masa blanquisca, deshecha, en pedazos: no hay otro hemisferio. No salió y me dijo que sí. Pero yo le pregunté. Mintió. Algo me punza.
Ana se llevó con mi cerebro más que mi tarea de Neurofisiología, más que el órgano rosado de una vaca, y sí, algo me punza cuando la veo marcharse en huida haciéndose la sorda. En ese jardín de pedazos de cadáver puso a la venta la amistad. Al carnicero qué le digo, él vive en esa morgue. A él no lo acompañé a comprar su contendor, a él no lo llevé al mejor lugar para que consiguiera su cerebro para la clase.Ahora sólo tengo un hemisferio guardado en el refrigerador y mi queja contra Ana. Yo que pensé que se trataba de diseccionar un cerebro de vaca, pero nunca me imaginé tener el hacha desmadracráneos a medio corazón.
2 comentarios:
Cuando empecé a leer tu texto algo en el interior se me empezó a revolver. En realidad es tan descriptivo que me pareció muy vivo, muy real y casi podía imaginar el mercado y oler esos olores picantes, escuchar el pregón de los vendedores y ver al marchante de la carnicería con su "hacha desmadracráneos" asestando "pacs" a diestra y siniestra.
Conforme fui leyendo la repulsión que me dejó la descripción del escenario carnicero no fue nada comparada con la repulsión que me dejó la actitud de Ana; esa frialdad para matar no a una vaca, sino una amistad, que es aún más doloroso. La frialdad para asestar el hachazo en tu corazón sin escuchar nada, sin sentir nada, sin decir nada más que una despedida.
Estoy a tu lado para ayudarte con tu herida; para aliviar, si en algo puedo, tu lastimado corazón.
Tania: que horror, tu texto me acerca de frente a mi realidad. Lo cotidiano y la frialdad de muchos humanos.
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