Un excusado blanco, moderno, trapezoidal, de inmaculada porcelana blanca, fulgurante; se aleja de mi mirada y luego se acerca, va y viene como si creciera y decreciera rápidamente. Dentro, un chorro de agua clara y limpia, transparente, casi brillante va y viene como en oleadas; es una fuente que traslada sus aguas ordenadamente, que forma corrientes que siguen su camino y rodean el agujero casi cuadrado del centro. En medio de cada giro del agua va algo rojo, naranja, amarillo: quizá lunetas, frutitas aciduladas, tal vez canicas que toman el brillo del agua.
No, es vómito, por eso tiene textura, pero es tan nítido que parece el chorro de una cascada envuelto en corriente de agua cristalina, como entubada por paredes invisibles, dentro de la fuerza del río.
El excusado sigue aumentando su tamaño para luego encogerse, pero cada vez que aumenta ya no vuelve a achicarse como antes y se va volviendo enorme. De pronto, las dilaciones y contracciones se detiene y queda como una tina, un jacuzzi blanco, y puedo ver que el vómito está compuesto de pequeños chiles rojos resplandecientes, con su tallito verde y su punta muy afilada. Hay algunos anaranjados y los menos son los amarillos.
Juntos nadan siguiendo la fuerza del agua que los pasean en ondas, en remolinos, en subidas y bajas abismales, definidas. Juntos forman un tobogán bello y ordenado que dependiendo de su colocación toma direcciones diferentes.
Ante semejante espectáculo, a mí lo único que se me ocurre pensar es: “¿quién pudo haber comido tanto chile?”.
No, es vómito, por eso tiene textura, pero es tan nítido que parece el chorro de una cascada envuelto en corriente de agua cristalina, como entubada por paredes invisibles, dentro de la fuerza del río.
El excusado sigue aumentando su tamaño para luego encogerse, pero cada vez que aumenta ya no vuelve a achicarse como antes y se va volviendo enorme. De pronto, las dilaciones y contracciones se detiene y queda como una tina, un jacuzzi blanco, y puedo ver que el vómito está compuesto de pequeños chiles rojos resplandecientes, con su tallito verde y su punta muy afilada. Hay algunos anaranjados y los menos son los amarillos.
Juntos nadan siguiendo la fuerza del agua que los pasean en ondas, en remolinos, en subidas y bajas abismales, definidas. Juntos forman un tobogán bello y ordenado que dependiendo de su colocación toma direcciones diferentes.Ante semejante espectáculo, a mí lo único que se me ocurre pensar es: “¿quién pudo haber comido tanto chile?”.
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