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Hace algunas noches miré por el tragaluz de mi recámara y allí, anclada en el vidrio más grande, estaba una mancha negra que resultó ser una cucaracha muy grande. (Nunca antes había sucedido.) Sentí el horror de no poder precisar si el bicho estaba por dentro o por fuera, pero podía ver cómo movía sus antenas. Unos segundos después comenzó a mover sus patas espeluznantes sólo para girar sobre sí misma y caminar hacia el techo de la casa. Desde ese día, y movida por mi necia fobia, he tomado el hábito de revisar el cristal donde hace unos días se posaba aquel insecto, esperando cada vez hallarlo de nuevo observándome.
Hoy también he buscado y, justo en el mismo punto, encontré una estrella que me miraba titilante desde su lejanía…
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