
Cuando llegó a mi clase tenía menos de seis años. Recuerdo que me molestó que mi jefa me dijera que tenía que hacer una excepción con ella porque aunque era pequeña tenía muchas ganas. Yo odiaba que me pidieran que aceptara niñas de menos de seis porque me parecía una tortura innecesaria para ellas. Tuve que hacer la excepción con Laura.
Era muy delgadita; pero su pequeñez no estaba en su cuerpo ni en su edad, sino en otro lugar de su ser, y se reflejaba claramente en su postura jorobada, en sus ojos enormes que siempre miraban al suelo: era incapaz de sostener la mira da de quien le hablaba y cuando respondía a una pregunta su voz era inaudible
Recuerdo que en la primera clase, como casi siempre, me dedique a corregir su postura. Le pedí como a las demás que se sentara en el suelo y le estire las piernas, la espalda y le separé las manos que siempre mantenía entrelazadas. Que abriera el pecho y levantara la barbilla fue un verdadero triunfo en esa clase, y no sabía que me llevaría varios meses lograr que mantuviera la espalda erguida y el pecho abierto por más de cinco minutos.
Laura me retaba cada día en el salón de clases, ponía a prueba mi paciencia, mi tesón, mi gana de ayudar a un ser que parecía tan desvalido y pequeño, y a pesar de mis regaños y mi dureza se quedó y siguió intentando cada día.
La última vez que le di clase fue dos años y medio después de que me la trajeron antes de cumplir la edad mínima requerida y era otra. Esa pequeña tan asustadiza y tímida que no era capaz de despegar la vista del piso ni cuando estiraba todo su cuerpecito hasta casi levitar sobre la madera era otra. La técnica se le había metido en el cuerpo: se mantenía derecha siempre, con las rodillas estiradas y las puntas de los pies abiertas. Era capaz de los pliés más perfectos que he visto en una niña de su edad y su técnica de salto era impecable. Además, mantenía una actitud atenta y concentrada en clase; en sus ojos clavados siempre en su cuerpo a través del espejo se notaba una determinación absoluta para hacer lo que se le pedía que hiciera.
Cada vez que hablo con su tía me entero de que sigue bailando, de que ya hace puntas y es buena, de que está cumpliendo su sueño de ser bailarina exactamente con ella quería. El reto de enderezarse, de levantar la mirada, de practicar hasta el cansancio la articulación de los pies en el tendú le ayudó a encontrase y descubrir su fortaleza, su carácter decidido, su sonrisa interior y su capacidad para hacer aquello que deseara.
Ella baila y quizás algún día me toque leer su nombre en el programa de ballet de alguna compañía, tal vez se decida por la medicina que era su otro sueño por cumplir. No lo sé, pero no es importante. Lo mejor de mi Laura es que la recuerdo pequeña y frágil y luego pude verla descubrirse, crecer, mejorar y finalmente convertirse en sí misma. Ella será siempre un hermoso regalo para mí, su maestra de ballet en sus primeros años.
Era muy delgadita; pero su pequeñez no estaba en su cuerpo ni en su edad, sino en otro lugar de su ser, y se reflejaba claramente en su postura jorobada, en sus ojos enormes que siempre miraban al suelo: era incapaz de sostener la mira da de quien le hablaba y cuando respondía a una pregunta su voz era inaudible
Recuerdo que en la primera clase, como casi siempre, me dedique a corregir su postura. Le pedí como a las demás que se sentara en el suelo y le estire las piernas, la espalda y le separé las manos que siempre mantenía entrelazadas. Que abriera el pecho y levantara la barbilla fue un verdadero triunfo en esa clase, y no sabía que me llevaría varios meses lograr que mantuviera la espalda erguida y el pecho abierto por más de cinco minutos.
Laura me retaba cada día en el salón de clases, ponía a prueba mi paciencia, mi tesón, mi gana de ayudar a un ser que parecía tan desvalido y pequeño, y a pesar de mis regaños y mi dureza se quedó y siguió intentando cada día.
La última vez que le di clase fue dos años y medio después de que me la trajeron antes de cumplir la edad mínima requerida y era otra. Esa pequeña tan asustadiza y tímida que no era capaz de despegar la vista del piso ni cuando estiraba todo su cuerpecito hasta casi levitar sobre la madera era otra. La técnica se le había metido en el cuerpo: se mantenía derecha siempre, con las rodillas estiradas y las puntas de los pies abiertas. Era capaz de los pliés más perfectos que he visto en una niña de su edad y su técnica de salto era impecable. Además, mantenía una actitud atenta y concentrada en clase; en sus ojos clavados siempre en su cuerpo a través del espejo se notaba una determinación absoluta para hacer lo que se le pedía que hiciera.
Cada vez que hablo con su tía me entero de que sigue bailando, de que ya hace puntas y es buena, de que está cumpliendo su sueño de ser bailarina exactamente con ella quería. El reto de enderezarse, de levantar la mirada, de practicar hasta el cansancio la articulación de los pies en el tendú le ayudó a encontrase y descubrir su fortaleza, su carácter decidido, su sonrisa interior y su capacidad para hacer aquello que deseara.
Ella baila y quizás algún día me toque leer su nombre en el programa de ballet de alguna compañía, tal vez se decida por la medicina que era su otro sueño por cumplir. No lo sé, pero no es importante. Lo mejor de mi Laura es que la recuerdo pequeña y frágil y luego pude verla descubrirse, crecer, mejorar y finalmente convertirse en sí misma. Ella será siempre un hermoso regalo para mí, su maestra de ballet en sus primeros años.
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