
Cuando era pequeña le temía a los fantasmas, a las brujas que estaba segura podían salirme al paso desde cualquier rincón del pasillo por el que tenía que caminar en mi trayecto hasta el baño. Recuerdo que solía prender la luz del cuarto, revisar con cuidado buscando indicios de su presencia y luego correr despavorida hasta el apagador del baño. Era como si la luz de aquel espacio pudiera salvarme tan sólo con encenderla.
A veces durante la noche y acostada en mi cama, temía ver salir algo desconocido y horrible de una esquina de la habitación, de los pliegues de la cortina o de las sombras de las hojas de la higuera que se movía afuera y golpeaban suavemente el cristal de la ventana. Entonces imaginaba que dios habría de ponerme encima si se lo pedía una capa invisible y poderosa que me protegería contra ellos. Mi mente infantil visualizaba una especie de cubierta de acrílico como la que tenía el tornamesa de la sala. Así me sentía protegida y era capaz, después de un largo rato de terror y de abrir ojos enormes buscando los indicios de presencias diablescas y espectrales tan “espantantes”, de conciliar el sueño.
Miro ahora esas épocas de terrores nocturnos infantiles y abrazo con cariño la ingenuidad de mi mente de niña pequeña que imaginaba brujas y espectros; siento ternura. No sabía entonces que la irrealidad es sólo una manera de sobrellevar las verdaderas razones para tener la piel de gallina. Eran momentos de temerle a mis adentros. Ahora ya no queda tiempo para los fantasmas internos, el verdadero horror viene de afuera: veo con inmensa desesperanza que la razón de temer me la da mi propia especie.
A veces durante la noche y acostada en mi cama, temía ver salir algo desconocido y horrible de una esquina de la habitación, de los pliegues de la cortina o de las sombras de las hojas de la higuera que se movía afuera y golpeaban suavemente el cristal de la ventana. Entonces imaginaba que dios habría de ponerme encima si se lo pedía una capa invisible y poderosa que me protegería contra ellos. Mi mente infantil visualizaba una especie de cubierta de acrílico como la que tenía el tornamesa de la sala. Así me sentía protegida y era capaz, después de un largo rato de terror y de abrir ojos enormes buscando los indicios de presencias diablescas y espectrales tan “espantantes”, de conciliar el sueño.
Miro ahora esas épocas de terrores nocturnos infantiles y abrazo con cariño la ingenuidad de mi mente de niña pequeña que imaginaba brujas y espectros; siento ternura. No sabía entonces que la irrealidad es sólo una manera de sobrellevar las verdaderas razones para tener la piel de gallina. Eran momentos de temerle a mis adentros. Ahora ya no queda tiempo para los fantasmas internos, el verdadero horror viene de afuera: veo con inmensa desesperanza que la razón de temer me la da mi propia especie.
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