Hace casi dos meses que estoy con
la rodilla herida. Duele, duele mucho y más allá de los ligamentos
deshilachados de la pata de ganso de mi pierna. Ayer estaba sentada en la cama
con la pierna medio doblada, cubierta de hielo, punzando y me dolió oír reír a
mi niño tan grande y que casi no juega con su madre. Pasé de ser una perinola
sobre el pasto, una canica que rueda callea abajo, a ser un peñasco muerto y
golpeado por las olas de la inmovilidad.
Ahora temo moverme, temo al dolor
que vendrán un rato después de caminar, al contagio que cunde de un lado a
otro, a la cojera que ya hice parte de mi modo de andar.
Pareciera que moverme me lastima,
bailar, correr, jugar, saltar, todo lo tengo prohibido. A cambio han quedado sólo
palabras rimbombantes: artrosis, atrofia, tendinitis, condromalacia… todas
duelen, le duelen a mi memoria, a mi paso detenido, a mi deseo de sentir el
pasto con la planta de los pies, a la pérdida de estabilidad de mis piernas, de
mi rutina, a mis ojos que gruñen ante el estancamiento que me invade.
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