Parece silenciosa, pero no calla nunca, no se detiene ni se cansa.
Ella abraza los cabellos y los dedos, los colma de vacío, los amaga.
La soledad se prende como una garrapata, se alimenta de la desesperación, del cansancio, de las noches en vela esperando que suceda algo.
Nunca se abochorna ni le dan escalofríos, pero arde en la cara y causa dolor de huesos como cuando viene la lluvia.
Ella canta su silencio a cada momento del día, se agazapa sobre las puertas para saltar encima de quien la padece a cada minuto, se escurre de cuarto en cuarto sin importar las vueltas que demos para evitar su encuentro.
La soledad huele a humedad, a rosas secas que languidecen en
una esquina, a las hojas enmohecidas de cientos de libros apilados, cansados de
cargarse unos a otros sobre estantes plagados de polvo y amargura.Es sin duda una mujer hermosa y seductora que se torna complicada y chantajista cuando se la quiere dejar, que no acepta respuestas falsas ni argumentos descoloridos para marcharse o para dejar ir a sus amantes. Se queda como un aliento contenido, como una mirada dulce que no acaba nunca.
Ella persigue y calma, ennegrece y salva, es oriunda del corazón y extranjera en la piel que si la padece, se queda en el más iluminado de nuestros olvidos.
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