I
Me siento frente al espejo y estoy. Me digo todo lo que no
puedo hacer (debería estar trabajando, apurando el resumen de la clase,
absorbiendo las palabras impresas que repaso en mi mente mientras leo. No
puedo. Estoy desconcertada pensando. Por eso me fui al espejo a mirarme lo que
soy y no soy).
II
Soy una mujer típica, exclusiva, renuente, que se aburre de
la rutina del amor, que ama la rutina de la vida diaria, que huye de la rutina
de la poesía y se maravilla de cómo construye la poesía sus rutinas sin nombre.
III
Qué sería de mí sin mi hijo. Sin su voz que grita a media
noche sin llamarme. Sin mi necesidad constante de alimentarlo balanceadamente.
Sin su férrea decisión de comer sólo aquello que le gusta. Sin sus juguetes
regados por el pasillo. Sin su piel pegadita a la mía en las mañanas. Sin su
cabeza dolorida que busca el consuelo de mis manos cuando se estrella con el
universo…
IV
Logro sosegarme: leo, interpreto, resumo, lucho contra las
ganas de destruir los cristales, decido que ya no voy a llorar, aprieto el
abdomen, extraño a Pablo que anda de la mano de mi sueño que se desmorona (ésa
es la parte que duele). Afuera me mira el verde bañado por las intensas gotas
de lluvia; su sonidito tamborileante me salva de una realidad que ya no quiero escuchar.
V
El espejo no habla y sólo me devuelve la imagen de la mujer
que soy y que no me dice nada. Todo ocurriría igual si me sentara frente a una
pared blanca.

No hay comentarios:
Publicar un comentario