Anoche soñé ballenas. Soñé con Enrique que dirigía una
profunda exploración de la noche en la playa y ahí llegaban ellas.
No sé con quién estaba, pero había mucha gente, mi gente,
otra gente, no sé qué gente. Todos mirando y observando el mar y sus animales
extraños, estrafalarios, extravagantes: erizos negros con bolitas blancas en
sus afiladísimas puntas que eran como ojos desorbitados que nos regresaban la
mirada; pequeñas lapas que brillaban en la oscuridad con sus manchitas blancas
fluorescentes; minúsculos peces coloridos y transparentes; gigantes bestias marinas
que me nadaban entre las piernas y las besaban al confundirlas con corales
blanquecinos, tan suave, tan suave que me cimbraban el corazón de ternura y de
miedo.
Todo era belleza y miedo para mí. Aquel espectáculo nocturno
lo cubría todo y me sobrecogía con su hermosura, pero al mismo tiempo me hacía
sentir mi pequeñez y mi inmensa vulnerabilidad entre esos seres perfectos que
apenas notaban mi presencia. Yo era la intrusa y la que corría un peligro de
muerte entre aquellas criaturas mágicas.
Quería correr a esconderme, a ponerme a salvo, pero temía
picarme con los erizos o sentir el filo de las conchas rotas de las lapitas
aplastadas bajo mi pisada y entonces las oí gritar, cantar, arrullarme. Mi
cuerpo entero se petrifico de emoción. Y ahí estaban, navegando hacia nosotros
que lanzábamos alaridos de alegría y sorpresa. Yo produje un grito tan fuerte y
agudo que me dolió la garganta. Todos ahí gritaban; ellas se fueron por el
ruido.
Nos quedamos congelados de miedo, abrazados por nuestra
estupidez: se fueron. Enrique ordeno silencio y de inmediato reapareció el
canto de ballenas que inundaba las olas. Y tardaron, pero volvieron y
estuvieron tan cerca, tan cerca, que yo puede mirarme al fin a los ojos
reflejada en su mirada.

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