No tengo nada que explicar, es sólo que tengo ganas de ser mi propia protagonista y de echar ojeadas tan largas o tan cortas, tan profundas o tan superficiales, reales o inventadas a mi propio transcurrir.Todos los que convergen en mi vida convergerán en este hoyo intergaláctico que será mi espacio de desenmarañe personal. Ya te hallarás, pero cuidado, no te creas todo lo que ves, la demanda latente va mucho más allá de lo explícito, pero si tienes algo que decir para internarte un poco en esta inmensa membrana que protege el interior, fluye, ayuda y no te calles…
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martes, 29 de abril de 2014

Tan, tan yo

Anoche soñé ballenas. Soñé con Enrique que dirigía una profunda exploración de la noche en la playa y ahí llegaban ellas.
No sé con quién estaba, pero había mucha gente, mi gente, otra gente, no sé qué gente. Todos mirando y observando el mar y sus animales extraños, estrafalarios, extravagantes: erizos negros con bolitas blancas en sus afiladísimas puntas que eran como ojos desorbitados que nos regresaban la mirada; pequeñas lapas que brillaban en la oscuridad con sus manchitas blancas fluorescentes; minúsculos peces coloridos y transparentes; gigantes bestias marinas que me nadaban entre las piernas y las besaban al confundirlas con corales blanquecinos, tan suave, tan suave que me cimbraban el corazón de ternura y de miedo.
Todo era belleza y miedo para mí. Aquel espectáculo nocturno lo cubría todo y me sobrecogía con su hermosura, pero al mismo tiempo me hacía sentir mi pequeñez y mi inmensa vulnerabilidad entre esos seres perfectos que apenas notaban mi presencia. Yo era la intrusa y la que corría un peligro de muerte entre aquellas criaturas mágicas.
Quería correr a esconderme, a ponerme a salvo, pero temía picarme con los erizos o sentir el filo de las conchas rotas de las lapitas aplastadas bajo mi pisada y entonces las oí gritar, cantar, arrullarme. Mi cuerpo entero se petrifico de emoción. Y ahí estaban, navegando hacia nosotros que lanzábamos alaridos de alegría y sorpresa. Yo produje un grito tan fuerte y agudo que me dolió la garganta. Todos ahí gritaban; ellas se fueron por el ruido.
Nos quedamos congelados de miedo, abrazados por nuestra estupidez: se fueron. Enrique ordeno silencio y de inmediato reapareció el canto de ballenas que inundaba las olas. Y tardaron, pero volvieron y estuvieron tan cerca, tan cerca, que yo puede mirarme al fin a los ojos reflejada en su mirada.



 

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